Imagen tomada de la Biblioteca Nacional de Francia

Vicios, velocidad y guerra: la historia del corredor francés Jean Bouin

No todas las estrellas se forman con la mejor de las disciplinas. En ocasiones, los primeros pasos de las leyendas del deporte están marcados por hechos repudiables, pero que dejan una marca indeleble que los obliga a dar un giro drástico en su historia para que esta no opaque sus logros.

Esto ocurrió con Jean Bouin, uno de los mejores atletas del siglo pasado, una referencia en su natal Francia y toda Europa, un hombre que encontró en un sueño roto la posibilidad de redimirse.

Los vicios del campeón

Londres, 1908. La celebración de los Juegos Olímpicos en territorio inglés se convirtió en una ocasión importantísima para que el galo demostrara que a pesar de su estructura física (1.68 metros y 68 kilos) era un destacado corredor.

Era un joven que disfrutaba en exceso de los cigarrillos y no despreciaba una oportunidad para ingerir alcohol. Motivos sobraban para él y la clasificación a la final de los 1.500 metros no fue la excepción.

La noche previa al evento, Bouin se sumergió en una espumosa mezcla de cerveza que le hizo perder el sentido común de las cosas. En el bar de Soho donde se encontraba se involucró en una pelea y terminó arrestado. Hasta ahí su misión de obtener una presea en la cita londinense.

El francés también era conocido por correr, a veces, con un mondadientes en la boca, un hecho meramente supersticioso.

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Levantarse y dominar

Pero la lección fue aprendida a tiempo. Su honor no le permitió quedarse bajo la sombra de aquel lamentable hecho que le apartó de una posible medalla y rápidamente comenzó a trabajar para que los resultados alejaran esos viejos fantasmas de los vicios.

Para el año 1911 estableció la marca mundial en los 10.000 metros y apenas dos años después pasó a ser el primer mortal en bajar de una hora el tiempo en un recorrido de 19 kilómetros.

El hombre pequeño pero de piernas veloces se convertía poco a poco en el mediofondista más destacado del Viejo Continente, llevando su nombre a las principales competencias acompañado del mote de favorito.

Su vuelta a la cita olímpica fue en 1912, en Estocolmo, Suecia, donde protagonizó una de las mejores rivalidades en la historia del atletismo. Para aquel año, Bouin y el finlandés Hannes Kohlemainen llevaron a los seguidores de los 5.000 metros a ser testigos de una carrera inolvidable.

En una lucha apasionada y con dos enormes exponentes sobre la pista, fue el finlandés quien obtuvo el oro apenas una décima de segundo menos que el galo. El dominio del par fue tal que atrás, muy atrás, quedó el récord mundial establecido en 1908, específicamente 25 segundos por debajo de aquel crono.

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Hombre caído

La muerte lo alcanzó en 1914 cuando apenas tenía 25 años de edad. Sucedió mientras defendía a su país en la I Guerra Mundial, uno de los miles de franceses que no regresaron a sus casas por el conflicto.  

Tratado como un héroe perdido para la vuelta de su cuerpo a su natal Francia, encontró sepultura en Bouconville-sur-Madt para ser trasladado tiempo después a Marsella, donde todo comenzó para él.

A pesar de su rápido paso por este plano, tanto como el movimiento de sus pies sobre la pista, en la actualidad su nombre sigue vigente como una de las principales figuras europeas que ha tenido la oportunidad de brillar en el atletismo.

Desde 1920 se celebra la Jean Bouin, carrera internacional desde 1946, cita conformada por más de 16 eventos de distintas categorías y distancias llevado a cabo en Barcelona, España.

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