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Estados Unidos y Rusia: perros y gatos también en el deporte

Los lazos diplomáticos entre potencias no necesariamente son los más fuertes. Dos grandes del mundo transitan un camino que los ha visto quererse y odiarse. Se trata de Estados Unidos y Rusia.

En la actualidad, la relación entre sus mandatarios, Donald Trump y Vladimir Putin, se grafica mejor comparándola con una montaña rusa que imaginándola como un paseo por el campo. El poder, aunque a veces una, actualmente los aleja.

Mientras que en su llegada a la Casa Blanca el empresario estadounidense asomara su deseo de mantener un contacto cercano con Moscú, acciones propias y de aliados del gigante europeo han quebrado un poco el ansiado patrón.

Más recientemente, un informe determinó que no hubo injerencia del gobierno ruso en la campaña electoral de 2016 que vio ganar a Trump, polémica que parece no terminar. En medio de esto, las posturas sobre Venezuela son muy distantes, uno como crítico y el otro como músculo del país suramericano.

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Los viejos tiempos

En el ámbito deportivo, un suceso se tradujo como una historia más en esta larga serie de hechos que ha llevado problemas entre una nación y otra. Fue en el año de 1980, cuando la capital rusa albergó los Juegos Olímpicos, cita a la que Estados Unidos decidió no asistir.

La razón, nuevamente política. Para el aquel entonces presidente norteamericano, Jimmy Carter, esta decisión estaba motivada por la invasión soviética en Afganistán a finales de 1979, por lo que consideró que la mejor manera de dar la espalda al rival era dando de baja a sus atletas.

Hacerlo se convirtió en un golpe a la competencia, abriendo el paso a que los de casa, fuertes contendientes históricos en citas olímpicas, mandaran. El resultado, dominio local. Con 195 medallas, 80 de ellas de oro, no hubo momento en que Rusia flaqueara.

Parte de su poder en el evento también se vio reflejado en la falta de verdaderos competidores en disciplinas en las que se notó un bajo nivel. El hockey, por ejemplo, tuvo en Rusia su único participante tras la decisión estadounidense a la cual se adhirieron otros 64 países.

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Cultura dañina

Pese a que en Rusia no se vio la bandera de las barras y las estrellas, la grieta entre ambos territorios llegó a niveles incalculables. En el ámbito cultural también hubo batalla, en este caso como una medida muy particular de los de casa por prevenir un contagio occidental.

En las ciudades que sirvieron como sede para los estadios y competencias, el gobierno decidió decretar vacaciones extraordinarias. Más que para el disfrute de los más pequeños de una fiesta histórica, este tema tuvo como base la necesidad de tener a los jóvenes fuera del entorno.

El ejecutivo armó colonias y campos de verano para llevarse a la mayoría de estos, en su deseo de no contar con ellos en las zonas populares donde la incidencia turística era mayor.

Para el gobierno ruso, los niños serían más vulnerables en caso de cruzarse con grupos de extranjeros y conocer sus costumbres, especialmente para aquellos que llegaban desde el occidente.

Las decisiones y reacciones de un lado y otro, pese a que tenían como punto de partida acciones netamente políticas, mancharon al deporte, con un evento de talla mundial como el mayor afectado de todos.

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